Estaba anocheciendo cuando llegamos a una casa de la playa de St.Mary´s Island, una pequeña isla al oeste de Estados Unidos. Llegamos en un barco de mercancías dentro de una caja de galletas, que por suerte, no se empapó con la lluvia torrencial que empezó a caer durante este pequeño viaje. Nos bajamos en el puerto entre cientos de pies y zapatos que podrían pisarnos en cualquier momento. Una botella de vidrio fue la que nos llevó a un pequeño embarcadero, que pertenecía a la casa en la que viviríamos el resto de nuestra vida. Entramos por una rendija de las escaleras, y llegamos a un sitio muy extenso, que resultó ser el salón. No se veía a nadie, asique nos subimos a la biblioteca, que fue lo primero que había a la entrada, y nos escondimos detras de unos libros muy anchos, viejos y llenos de polvo que estaban en la cima de este gran mueble. Oira, mi mujer, estaba algo nerviosa, y abrazaba a nuestros tres hijos, los gemelos Fel y Fol y nuestra hija Tera. Decidí dejarlos refugiados entre los libros y salí a explorar la casa junto a nuestro perro Yus. Sí, los enanos también tenemos mascotas. Bajé por la madera de la biblioteca, con Yus en brazos, hasta llegar al suelo cubierto de una gran moqueta que llegaban hasta la entrada de la cocina. Avancé con cautela hasta la entrada de la misma, me subí por la correa de un bolso que estaba colgado en el pomo de la puerta, y en la encimera conseguí hacerme con tres cerillas, cerezas y una gran servilleta.
Estaba en la moqueta del salón dirigiéndome a la biblioteca, cuando se oyó el chasquido de una llave en la puerta de entrada.
-¡Vamos, Yus! Mi perro corría mas que yo. Nos escondimos debajo del sofá para ver a una niña que corría por el salón riendo.
-¡Kate, más despacio cariño!- decía su madre entrando por la puerta.
La niña se quedó mirando el sofá, y en ese momento caí en la cuenta de que la servilleta estaba sobresaliendo. Me apresuré a agarrarla pero la niña se agachó en un abrir y cerrar de ojos, y se me quedó mirando con unos ojos como platos. Al momento intentó cogerme, pero gracias a mi complexión atlética, pegué un salto que me ayudó a escapar de las garras de esa terrible niñita, para salir corriendo hacia la biblioteca. Empecé a escalar la madera con Yus en brazos, y aunque se me cayeron las cerillas, logré hacer llegar las dos cerezas y las servilletas al lugar de detrás de los libros, donde estaba mi familia, acurrucada.
-¡Girro! Oira se acercó a mi y me dio un profundo abrazo, al que después se unieron mis tres hijos.
Coloqué la servilleta en la estantería de la biblioteca, y nos instalamos en ella para pasar la noche. Les di las cerezas para que se las comiesen, mientras Yus roía los huesos. Esa noche creo que me quedaré con hambre.
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